Jueves, 07 Mayo 2015 23:00 Publicado en Nutrición

 

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L.N. Pamela Ramos Murrieta 
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La mayoría de nosotros entendemos la conexión que existe entre lo que comemos y nuestra salud en general, principalmente el peso que mantenemos.

Rara vez vinculamos lo que tomamos a la hora de la comida con ese deseo de recargar la cabeza en el escritorio alrededor de las tres o cuatro de la tarde, esperando ansiosos la hora de la salida.

En lo que respecta a alimentación tomamos muchísimas decisiones en un solo día sobre qué es lo que vamos a comer y cuánto de eso comeremos y tomaremos.

Una taza de café parece una decisión insignificante, pero de ahí se deriva una serie de toma de decisiones que van desde lo qué le pondré, si crema o leche, azúcar, algún edulcorante o miel y cuánto de eso le pondré y después cuantas tazas de café. Y así con todo lo que comeremos en un día, que se convierte en la semana y en parte importante de nuestro estilo de vida.

Esas decisiones van determinando si tenemos un peso adecuado o si estamos lejos de tenerlo. Además, cómo nos sentimos, el nivel de energía, el rendimiento que tendremos al hacer ejercicio, el humor, la disposición para realizar las cosas que queremos lograr y cómo llevamos a cabo nuestro día a día. Además, el alimentarse sanamente evitará prolongar el desarrollo de alguna enfermedad o bien controlarla si ya está presente.

A veces lo que sentimos, por ejemplo, poca energía o tener estreñimiento lo vemos ya como algo normal, nos acostumbramos a sentirnos así y pensamos que eso es sentirse bien. Cuando decidimos hacer cambios en nuestra alimentación, podemos ser en principio motivados por llegar a una talla deseada. Conforme cambiamos nuestros hábitos, nos damos cuenta de que el comer mejor va más allá de obtener un peso más saludable, nos ofrece beneficios desde el sentirnos bien, tener una piel más sana, entre muchos otros que iremos reconociendo a medida que seguimos con buenos hábitos alimenticios.

Logremos hacer que los alimentos funcionen para nosotros y nos aporten los nutrientes que necesitamos para obtener lo que queremos. Desde un lugar donde nosotros controlamos el alimento y no él a nosotros. Por ejemplo, a veces pensamos: “La comida estaba deliciosa y no pude evitar comerme todas las papas fritas”, cambiemos la relación que tenemos con la comida y poco a poco (pero de manera consistente) comer mejor desde una perspectiva positiva, donde pensemos PUEDO comerme estas moras en lugar de esta galleta de chocolate, porque las moras son buenas para mi piel, mi corazón y mi mente, esto vendrá acompañado de resultados como la pérdida de peso.


Sin restricciones

Nos motiva más darnos cuenta que no significa que no podamos comer las galletas, ahora preferimos las fresas porque nos acerca más a cómo nos queremos sentir. Cambiemos la relación que tenemos con la comida y por qué no de vez en cuando darnos un gusto.

Recordemos que lo normal es sentirnos bien, escuchar a nuestro cuerpo y reconocer las señales que nos envía es importante, cuando algo no nos cae bien buscar qué puede ser, nadie conoce nuestro cuerpo como nosotros mismos y en caso de acudir con el nutriólogo llevar esa información y así en equipo crear un programa de alimentación totalmente personalizado en el cual se tomen en cuenta gustos y alimentos que cumplan con funciones específicas que mejoren nuestro estilo de vida.

L.N. Pamela Ramos Murrieta
6621 94 79 45
Blvd. Hidalgo casi esquina con Reforma 248- A

Martes, 10 Marzo 2015 19:58 Publicado en Nutrición

 

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Dr. Luis Daniel Ávila Gámez
Psiquiatra
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Prácticamente todo lo que comemos se involucrará de manera directa o indirecta con nuestro cerebro, aunque claro, algunos de estos alimentos tienen un mayor impacto que otros, y más importante, algunos tienen efectos benéficos y otros dañinos.

Se entiende por alimento cualquier sustancia que podemos consumir, independientemente de su valor nutricional, llámese chocolate, espinacas, alcohol, chiles, por mencionar unos ejemplos.

Pero ¿De qué manera puede alterar nuestro cerebro algo que comemos? Al ingerir alimentos nuestro cuerpo los convierte en nutrientes como vitaminas, carbohidratos, aminoácidos, minerales y ácidos grasos esenciales cuyo contenido variará según lo que se consuma.

Estos componentes pueden alterar la producción de ciertos químicos que circulan en nuestro cerebro, como los neurotransmisores serotonina y adrenalina, los cuales influyen la manera en que pensamos, nos sentimos y hasta cómo actuamos.

Estos neurotransmisores pueden ver alterada su producción por los alimentos que ingerimos. Por ejemplo, una dieta rica en el aminoácido triptófano, presente de manera abundante en huevos, leche, cereales, cacao, plátano y diversas semillas, facilita la producción de serotonina en el cerebro y esto se relaciona con una mayor sensación de bienestar, disminución de los síntomas de la depresión y mejor calidad de sueño.

Efectos nocivos

Por otro lado, el consumo de alcohol disminuye la actividad de los neurotransmisores cerebrales, lo que genera los conocidos efectos de su consumo.

Anteriormente se pensaba que los alimentos con un alto contenido en grasas saturadas y azúcares tenían un efecto negativo en el cerebro debido al resto de los cambios ocasionados en el organismo como lo son el ser propenso a la obesidad, diabetes e hipertensión con las complicaciones que esto conlleva; sin embargo, en la actualidad se sabe que estos alimentos afectan de manera directa las conexiones entre las neuronas originando así problemas de memoria y aprendizaje, además de una disminución de la plasticidad cerebral lo que vuelve a estos cerebros más vulnerables a los efectos nocivos de un trauma o una hemorragia cerebrales.

Por otro lado, se ha encontrado que algunos antioxidantes como la vitamina E y la curcumina, encontrada en el colorante artificial utilizado en la producción de mostaza, al ser consumidos de manera regular mejoran la capacidad de regeneración del cerebro ante un daño.

¿Qué tipo de grasa es sana?

Recientes estudios han demostrado que ciertos ácidos grasos poliinsaturados como el llamado Omega-3 son esenciales para mantener un funcionamiento cerebral normal al contribuir al desarrollo adecuado de las neuronas.

Se ha encontrado que una deficiencia de estos ácidos grasos se relaciona con un riesgo incrementado de padecer una serie de trastornos como la demencia, TDAH, depresión, trastorno bipolar y esquizofrenia.

Antioxidantes: ¿cómo elegirlos?

Existe otro grupo de antioxidantes conocidos como flavonoles que se encuentran en el extracto de Ginkgo Biloba, cacao, vinos rojos, té verde y frutas cítricas, que continúan siendo objeto de estudios por su efecto protector en los casos de lesiones cerebrales, ayudando además, a retrasar la progresión de las demencias si se combina con ejercicio constante.

También se ha estudiado extensamente el efecto benéfico del consumo de ciertas vitaminas como el complejo B, del cual sólo la vitamina B12 no se obtiene de manera natural; la vitamina C, presente en frutas cítricas; vitamina E que se encuentra en espárragos, aguacates, nueces, aceitunas y diversas semillas y carotenos, presentes en zanahorias y frutas de color naranja y granos, en las personas de edad avanzada a fin de evitar problemas de memoria u otras discapacidades cognitivas.

Algunos minerales como el Cobre, presente en ostras, hígado de res y cordero, cacao y algunas nueces; el Hierro, que se encuentra en las carnes rojas, peces y algunos granos y Selenio, que se obtiene de las nueces, huevo y carnes rojas se han encontrado disminuidos en personas con problemas de memoria.

Por el contrario, un exceso de minerales como Calcio y Zinc se ha relacionado con la presencia de problemas cognitivos y de memoria en personas de edad avanzada.

Es importante conocer los efectos que tienen en nuestro organismo los alimentos que consumimos, pero no es necesario llenarnos de suplementos ya que, una alimentación balanceada nos brindará los nutrientes suficientes para satisfacer nuestras necesidades diarias.

En ocasiones, al tratar de prevenir una serie de enfermedades podemos abusar de los suplementos alimenticios y habrá que recordar que como en todo, los excesos son perjudiciales, ya que el aumento persistente de vitaminas y minerales puede generar problemas de igual o mayor magnitud que las enfermedades que tratamos de combatir.

Dr. Luis Daniel Ávila Gámez
Médico Psiquiatra
Grupo Médico Fátima
Cuernavaca 154-A entre Tabasco y Michoacán
Tel. 214-15-30
Urgencias: (662) 189-28-89 y 99
www.sanamente.com.mx
www.facebook.com/5anamente

Martes, 13 Enero 2015 20:03 Publicado en Nutrición

 

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Olga González
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HAMBRE EMOCIONAL

1. Es repentina. “Hace un minuto ni pensaba en comer y ahora me estoy muriendo de hambre. Mi hambre va de 0 a 100 en un breve período de tiempo”.
2. Es de una comida específica. Los antojos, son de un cierto tipo de comida. Como chocolates, pastas, o una hamburguesa. Con el hambre emocional, uno siente que necesita comer esa comida en particular. No la podríamos reemplazar con ninguna otra.
3. La sentimos “arriba del cuello”. Un antojo que se basa en una emoción empieza en la boca y en la mente. Nuestra boca quiere degustar esa pizza, ese chocolate, o esa fritura. Nuestros pensamientos giran constantemente alrededor de esa comida que deseamos.
4. Es urgente. El hambre emocional nos incita a comer “ya mismo”. Hay un deseo de aliviar el dolor emocional instantáneamente con comida.
5. Aparece conjuntamente con una emoción que nos perturba. El jefe nos grita, nuestro hijo tiene problemas en la escuela, nuestra pareja esta de mal humor: el hambre emocional ocurre en conjunción con una situación perturbadora.
6. Implica comer automáticamente o distraídamente. Al comer emocionalmente podemos sentir como una mano, que no es la nuestra, nos pusiera cucarachas de helado o de torta en la boca (“comemos automáticamente”). O podemos no darnos cuenta de que acabamos de comernos un paquete entero de galletitas dulces (“Comemos distraídamente”).
7. No cesa aunque el estómago esté lleno. El exceso de comida emocional proviene de un deseo de disimular o encubrir sentimientos de dolor. Uno se llena de comida para amortiguar las emociones que lo perturban y puede volver a servirse una y otra vez, aunque el estómago le duela de tan lleno.
8. Fomenta la culpa por comer. La paradoja del exceso de comida emocional es que uno come para sentirse mejor y termina llenándose de reproches por comer galletitas dulces, tortas o frituras. Se promete a sí mismo una compensación “voy a hacer ejercicio, voy a hacer dieta, voy a saltarme comidas”, ¡pero mañana!

HAMBRE FÍSICA

1. Aparece gradualmente. El estómago empieza a hacer algunos ruidos. Una hora más tarde, gruñe. El hambre física nos da indicios constantes y progresivos de que es hora de comer.
2. Está basada en el comer como necesidad. Cuando la intención detrás de comer se basa en el hambre física, no sentimos ni culpa ni vergüenza. Nos damos cuenta de qué comer, igual que respirar oxígeno, es un ingrediente indispensable de la vida.
3. Cesa cuando estás satisfecha. El hambre física proviene del deseo de nutrir y abastecer de energía al cuerpo. Tan pronto como esa intención ha sido satisfecha, dejamos de comer.
4. Implica elecciones deliberadas y conciencia de la comida. Con el hambre física, uno tiene conciencia de la comida que está en tu tenedor, en tu boca y en tu estómago. Uno elige conscientemente comerse todo el sándwich, o sólo la mitad.
5. Ocurre por una necesidad física. El hambre física ocurre porque han pasado cuatro o cinco horas desde la última vez que comimos. Si tenemos mucha hambre, podemos sentir poca energía, o nos sentimos mareados y aturdidos.
6. Es paciente. El hambre física preferiría que comiéramos pronto, pero no nos ordena que comamos en ese mismo instante.
7. La sentimos en el estómago. El hambre física se reconoce por las sensaciones en el estómago. Sentimos ruidos, una sensación de vacío, algo que nos roe, retortijones de hambre y hasta dolor.
8. Puede considerar diferentes comidas. Con el hambre física, podemos tener preferencias, pero estas son flexibles. Estamos abiertos a opciones alternativas.

 
 

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