Miércoles, 02 Octubre 2013 17:33 Publicado en Valores

 

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Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.

Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.

Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.

Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.

Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.

Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.

Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir!

No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

When I Loved Myself Enough" de Kim & Alison McMillen (2001).

 

Jueves, 26 Septiembre 2013 21:06 Publicado en Valores

 

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La amistad desarrolla en el niño habilidades sociales como: la comunicación, el trabajo en equipo, la cooperación y el liderazgo

Nidia Santellanes
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Creo que es importante dejar claro que la primera institución que interviene en la formación del niño es sin duda la familia, y no cabe duda que los padres no deben soslayar este hecho. Es en la familia donde se provee al niño de las primeras herramientas de socialización, es en el hogar donde aprende reglas; lo que es bueno para él y los demás. Del trabajo que hagamos con ellos dependerán como se desenvuelvan en la escuela.

La escuela viene a reforzar todo lo bueno aprendido en casa. Ambas instituciones son núcleos generadores de muchas e intensas relaciones interpersonales. El papel de la escuela en la socialización del niño es vital para él, pues cuando el niño entra al preescolar su mundo se amplía a la vez que su independencia casi recién adquirida, tiene muchos más limites. Y es precisamente ahí cuando el niño está listo para seguir aprendiendo las reglas de la convivencia que ya no nada más se trata de compartir el juguete o el dulce, sino de aprender lo importante que es estar acompañado por otros iguales, en ese proceso que durará más de un tercio de su vida; la escuela. Y donde se generaran afectos y cariños muy profundos.

El busca del mejor amigo
Cuando el niño empieza a desarrollar la actividad que el maestro le va proponiendo, va tomando conciencia de cuán capaz es él, de sus habilidades y destrezas, de la importancia que tiene “ser” como es él, su autoestima crece y se siente bien consigo mismo. Estas actividades cuando se hacen en compañía de sus padres desplazan al “yo”, para empezar a desarrollar las habilidades que se necesitan para volcarse hacia el “otro”, el hacer cosas juntos, el pasarla bien, el tener intereses similares, el afecto y la simpatía todos son elementos de un mismo incipiente tejido: el de la amistad.

Y ésta florece realmente cuando el niño comparte no sólo la diversión y el juego, sino cuando comparte, lo que piensa, sus sentimientos, sus gustos, sus intereses, porque siente que hay alguien que le escucha, que lo valora y que lo aprecia. La amistad desarrolla en el niño habilidades sociales como: la comunicación, el trabajo en equipo, la cooperación y el liderazgo

La amistad permite el desarrollo emocional y moral del niño. La escuela refrenda muchos valores que enseñamos en casa, y que la convivencia con sus compañeros y maestros les permite poner en práctica casi de manera diaria. Valores como la solidaridad, amabilidad, comprensión, responsabilidad, la humildad, el servicio a los demás, el compartir las alegrías y el dolor, hacen al niño tomar conciencia de sus propias necesidades, y a valorar lo que tiene. La escuela les permite tomar conciencia de las diferencias que existen entre las personas, de cómo esas diferencias de talentos, de cualidades, los complementan, o les permiten darse cuenta de lo que no les gusta, y pueden ir conociendo la manera adecuada de manejar el conflicto cuando éste se presenta. Conocen el valor de la lealtad, del respeto y de la sencillez.

La escuela debe ser un ámbito de alegría y paz, para que al niño se le facilite, sonreír, dar las gracias, celebrar sus triunfos y externar sus preocupaciones, ser sincero, ordenado y limpio. Como bien dice Camere, para la amistad: el ruido, la prisa, el orgullo, y la brusquedad son los enemigos a vencer.

Las amistades enseñan, educan y nos hacen crecer dentro de nosotros mismo. Por eso es importante para papá y mamá seguir este proceso de cerca y darle continuidad en casa, con el ejemplo; que no haya espacio para la discriminación, el engaño, la envidia, la agresividad, la intolerancia. La escuela de tus hijos también te abre un espacio a ti para socializar, para conocer, para aprender y hacer grandes amigos, aprovéchalo y coadyuva con la escuela hacer niños íntegros, capaces y felices.

Coach Nidia Santellanes Madrigal, Directora Académica del instituto de Investigaciones y Educación Continua S. C.

 

Miércoles, 11 Septiembre 2013 18:29 Publicado en Valores

 

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El adolescente necesita a sus padres ni tan cerca que sienta que se ahoga, ni tan lejos que sienta que cae en un abismo.

En varias ocasiones platicando con padres de hijos adolescentes los he escuchado decir: No sé qué le pasó a mi niño(a), en qué momento me lo cambiaron que ni cuenta me di? Y en realidad, esto es lo que pensamos la mayoría de los padres, al observar los cambios tan repentinos que tienen en su comportamiento nuestros hijos cuando pasan de la infancia a la adolescencia. Pareciera que se hubieran dormido siendo niños y despertado siendo unos completos desconocidos. De pronto, sin saber por qué, los niños que eran obedientes, se vuelven desobedientes; de contar en casa todo lo que les sucedía, no cuentan en casa lo que hacen fuera de ella; de llevar una buena relación con sus hermanos, se pelean sin motivo aparente; de convivir amorosamente con sus padres, reaccionan con malos modos ante preguntas que les hacen; de ser buenos estudiantes, disminuye su rendimiento escolar; entre muchas conductas más.

Como mamás muchas veces nos agobiamos y deseamos que esta etapa termine pronto, antes de que ellos terminen con nuestra paciencia. Tal vez, si supiéramos que estas nuevas formas de comportamiento son normales en esta etapa y, lejos de ser reprobables, cumplen la función de llevar a nuestros hijos a descubrir su identidad y alcanzar una madurez sana, podríamos ver con ojos nuevos la tan criticada etapa de la adolescencia.

Nuestros hijos adolescentes necesitan sentirse escuchados empáticamente más que recibir sermones. Es importante que como padres conozcamos sus deseos, sus sueños y los ayudemos a que ellos encuentren estrategias que les permitan alcanzarlos. A veces, ayuda mucho recordar lo que cada uno de nosotros pasó en la etapa de la adolescencia; y, si no lo recordamos podemos preguntar a nuestros padres o familiares cercanos. Esto nos ayudará a comprenderlos mejor.

El estudio es una de las áreas que frecuentemente se ve afectada en la etapa de la adolescencia, chicos que obtenían buenas calificaciones, comienzan a tener problemas en la escuela y adoptan una actitud negativa hacia los estudios. Como padres debemos escuchar e indagar qué es lo que está causando realmente la baja de calificaciones y proporcionarles las herramientas que les ayudarán a salir de ese bache. Debemos decirles y hacerles sentir con nuestras acciones que confiamos en ellos y al igual que los felicitábamos cuando eran niños por los pequeños logros obtenidos, tienen que ver que ahora también estamos orgullosos del esfuerzo que ellos están haciendo.

Los jóvenes deben saber que las calificaciones son importantes, especialmente porque pueden asegurarles un empleo en el futuro y les ayudará a conseguir becas para continuar sus estudios. Pero en la educación hay mucho más que sólo calificaciones. En la actualidad, padres y escuela debemos formar jóvenes íntegros, humanitarios que brinden apoyo a la comunidad, que puedan trabajar en equipo y que establezcan metas así como el camino para alcanzarlas.

Como padres tenemos la obligación de imponer límites claros a nuestros hijos adolescentes. Hacerlos conscientes de que cualquier acción que realicen tendrá su consecuencia. Debemos dejarlos que se caigan y que se raspen, pero siempre acompañarlos en su dolor.

Los padres no podemos determinar que nuestros hijos vayan a ser el día de mañana unas personas excelentes. En realidad, lo único de lo que podemos estar seguros es que nuestra constancia en su formación es la mayor esperanza que tenemos de verlos alcanzar una madurez sana.

Laura Bustamante es Coach Certificado por la International Coach Federation
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