Martes, 28 Marzo 2017 17:46 Publicado en Familia

 

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El matrimonio es sin duda una de las decisiones que implica cambios relevantes en nuestra vida y en el entorno en el que nos desenvolvemos, pues elegimos a la persona con quien compartiremos formas de vida, valores, sentimientos y experiencias. Un atributo necesario digno de análisis antes de contraer matrimonio es el que tiene que ver con el patrimonio, entendiéndolo como el conjunto de derechos, bienes y obligaciones que tienen un valor económico.

Sociedad conyugal y separación de bienes
El Código de Familia para el estado de Sonora reconoce dos regímenes patrimoniales para el matrimonio, a saber, sociedad conyugal y separación de bienes. El primer tipo de régimen establece que los bienes y obligaciones adquiridos a partir de la constitución del matrimonio serán comunes entre los cónyuges, es decir, ambos tendrán en partes iguales los mismos beneficios de propiedad, uso y disfrute, así como las mismas obligaciones con respecto a las cargas. En cambio, el régimen de separación de bienes establece que a partir del matrimonio cada uno de los cónyuges tendrá sus propios bienes y sus propias deudas, sin existir comunidad patrimonial entre ellos.

¿Cuál de los regímenes patrimoniales conviene adoptar al momento de contraer matrimonio? La respuesta a esta pregunta se podría zanjar delimitando el para qué del matrimonio. Dicho prontamente, la finalidad del matrimonio es crear una comunidad de vida, experiencias y valores, pero también una comunidad de bienes y obligaciones.

En este orden de ideas, me parece que a la hora de elegir el régimen patrimonial se tendría que agregar como elemento de análisis la conveniencia o no de establecer un régimen donde no existan bienes comunes, sino bienes de cada uno de los cónyuges, así como la desactivación de las así llamadas “deudas adquiridas” por alguno de los cónyuges, las cuales pueden afectar la parte proporcional de los bienes del otro cónyuge. Así pues, establecer un régimen de separación de bienes resulta ser la alternativa más prudente para proteger los bienes que durante el matrimonio se vayan adquiriendo.

Lic. Wenceslao Cota Amador es abogado.

Tel. 210 6775

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Jueves, 15 Diciembre 2016 19:31 Publicado en Familia

 

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“Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban en la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices.

Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una voz muy fuerte.
-¿Qué hacen en mi jardín?
Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus escondites, desde donde vieron a un gigante muy enojado…”

Bueno, ¡momento! no es mi intención dedicar estas páginas al tierno y hermoso cuento del escritor de origen Irlandés Oscar Wilde, cuento que vale mencionar, pertenece a la colección “El Príncipe feliz” escritos en el siglo antepasado, por allá en el 1888. Sin embargo, además de invitarles a leer dicha obra, pretendo usar al gigante egoísta para mostrarles una de las tantas realidades de nuestra sencilla ciudad. Así que, ¡ahí les va!

En un rincón de nuestra ciudad existe una plaza, cuyo nombre desconozco y que es una maravilla de lo bien cuidada que la tienen: árboles frondosos, juegos para niños, una pequeña palapa y lo mejor de todo, ¡disfrutada por niños y adultos! Puedo decir que es un oasis en medio de nuestra jungla de pavimento, ladrillos y concreto. Esta pequeña y bonita plaza está frente a una escuela con densa población estudiantil y ¿Adivinen qué? ellos no pueden acceder a ella ni disfrutar de esta magnífica área verde ya que se encuentra protegida en su alrededor por altos y gruesos barrotes de hierro. ¡Vamos! Pero ¿de qué clase de gigante egoísta estamos hablando?

Bien, así es, la plaza que en un tiempo- un largo tiempo- fué pública y aproximadamente de un año a la fecha dejó de serlo. Pero, ¿Qué pasó? ¿Una plaza pública que se transformó en privada?

Efectivamente hace más o menos un año atrás dejó de ser un lugar público para convertirse en un lugar custodiado por los vecinos del lugar, el cual fue embellecido y recuperado como un área de esparcimiento.

¿Embellecer? ¿Qué antes no era una linda placita donde cualquier ciudadano de a pie podía entrar a ella y tomar un descanso? Pues no, conozco esta parte de la ciudad desde hace nueve años y excepto cuando la unidad de parques y jardínes podían darle mantenimiento, más tardaban los buenos servidores públicos en arreglarla que regresar a ser un espacio de todos y de nadie donde el descuido y el maltrato eran evidentes la mayor parte del tiempo, lo cual en lugar de ser un “adorno” de la colonia, venía a ser una especie de contenedor de basura que la “afeaba”.

En el cuento del gigante egoísta, los niños le daban alegría al jardín lo cual lo convertía en un lugar de la eterna primavera, pero cuando el ogro “bardeó” y lo impuso como propiedad privada perdió lo ganado convirtiéndose en un lugar frío y triste. En el caso de la placita que menciono sucede todo lo contrario, la belleza primaveral y la alegría regresó al momento de ser custodiada por los vecinos del lugar. Ciertamente los barrotes son un precio que se tuvo que pagar para lograr darle vida a la placita y ello hace aparecer - con cierta ligereza- que hay una gran dosis de egoísmo pero creo que se cambió la historia para mejorarla.

Por cierto, “El gigante egoísta” de Oscar Wilde, vivió su momento de conversión cuando descubrió que su preciada posesión perdió toda belleza y alegría al excluir a los niños, al querer acapararlo para él solo, ó utilizando la metáfora de las estaciones vio como pasaba de una primavera pletórica de vida y color a un invierno permanente de tristeza y abandono. Para ello, el gigante tuvo un encuentro con un niñito que lloraba por no poder subir a un árbol y después de acercarse al resto de los pequeños, estos huyeron despavoridos al verlo, pero el sintió ternura por el niñito y lo ayudó a subir al árbol el cual entonces floreció y los pajarillos se posaron sobre el entonando sus cantos, el niño en agradecimiento lo rodeo del cuello con un tierno abrazo que lo conmueve y le ayuda a entender la necesidad de un cambio de actitud, de derrumbar el muro que impedía a su jardín - y a él mismo- encontrar la auténtica felicidad.

En lo personal creo que está más que validada la máxima de que “valoramos mejor aquello que nos cuesta” y dados los resultados creo, que al menos en este caso, el cambio de uso público a uso vecinal ha sido benéfico. Los vecinos del lugar vieron la oportunidad de también construir belleza y alegría.

Así, a los que pasamos por ahí, nos queda sonreír pensando en que al fin la placita se utiliza para los fines que fue creada y los vecinos del lugar pueden ser aunque sea un poco más felices y eso es una buena noticia para nuestra ciudad.

Efrén Díaz Cubillas
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Hermosillo Sonora.

Martes, 13 Diciembre 2016 18:10 Publicado en Familia

 

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Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo estaba decidido a encontrar los medios para contrarrestarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de las respuestas para sus dudas.
Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar; el científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuera a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo para darle con el objetivo de distraer su atención; de repente, se encontró con una revista, en donde había un mapa del mundo, era justo lo que necesitaba.

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y, junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:

―A ti que tanto te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.
El padre calculó que al pequeño le llevaría diez días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, oyó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

―Papá, papá, ya lo hice todo. ¡Conseguí terminarlo!
Al principio el padre no le creyó a su hijo, pensó que era imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba completo: todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?
Asombrado, el padre preguntó a su hijo:

―Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?
―Papá, yo no sabía cómo era el mundo ―respondió el niño ―, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre, así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre y verlo completo tal y como es, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.

Al aceptarnos conscientemente como personas completas, creativas y llenas de recursos (y a las demás personas también), descubrirnos que tenemos dones y talentos que ningún otro posee de la misma manera. Descubrimos también que todos tenemos una historia, o muchas, que contar.

No dejes que el pasado dictamine tu destino; toma una pluma y un papel, y visualiza que es lo que deseas para ti. Tú eres el único dueño de tu destino. Sé valiente, honra tu historia, mira las grandes posibilidades que el mundo te ofrece y confía en que tú eres el cambio que quieres ver en el mundo.

CPDT Handy Campillo García es Coactive coach, certificada por la asociación de disciplina positiva para padres de familia y en el aula, es miembro activo de la asociación de disciplina positiva, con sede en San Diego. Candidate lead Trainer by the PDA. Esposa, madre de 3 hijos, maestra y facilitadora del programa de disciplina positiva en Sonora y Arizona. Certified Positive Discipline Trainer. Professional Coactive Coach. Investigadora y amante de las historias.

 
 

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