Jueves, 15 Diciembre 2016 19:31 Publicado en Familia

 

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“Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban en la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices.

Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una voz muy fuerte.
-¿Qué hacen en mi jardín?
Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus escondites, desde donde vieron a un gigante muy enojado…”

Bueno, ¡momento! no es mi intención dedicar estas páginas al tierno y hermoso cuento del escritor de origen Irlandés Oscar Wilde, cuento que vale mencionar, pertenece a la colección “El Príncipe feliz” escritos en el siglo antepasado, por allá en el 1888. Sin embargo, además de invitarles a leer dicha obra, pretendo usar al gigante egoísta para mostrarles una de las tantas realidades de nuestra sencilla ciudad. Así que, ¡ahí les va!

En un rincón de nuestra ciudad existe una plaza, cuyo nombre desconozco y que es una maravilla de lo bien cuidada que la tienen: árboles frondosos, juegos para niños, una pequeña palapa y lo mejor de todo, ¡disfrutada por niños y adultos! Puedo decir que es un oasis en medio de nuestra jungla de pavimento, ladrillos y concreto. Esta pequeña y bonita plaza está frente a una escuela con densa población estudiantil y ¿Adivinen qué? ellos no pueden acceder a ella ni disfrutar de esta magnífica área verde ya que se encuentra protegida en su alrededor por altos y gruesos barrotes de hierro. ¡Vamos! Pero ¿de qué clase de gigante egoísta estamos hablando?

Bien, así es, la plaza que en un tiempo- un largo tiempo- fué pública y aproximadamente de un año a la fecha dejó de serlo. Pero, ¿Qué pasó? ¿Una plaza pública que se transformó en privada?

Efectivamente hace más o menos un año atrás dejó de ser un lugar público para convertirse en un lugar custodiado por los vecinos del lugar, el cual fue embellecido y recuperado como un área de esparcimiento.

¿Embellecer? ¿Qué antes no era una linda placita donde cualquier ciudadano de a pie podía entrar a ella y tomar un descanso? Pues no, conozco esta parte de la ciudad desde hace nueve años y excepto cuando la unidad de parques y jardínes podían darle mantenimiento, más tardaban los buenos servidores públicos en arreglarla que regresar a ser un espacio de todos y de nadie donde el descuido y el maltrato eran evidentes la mayor parte del tiempo, lo cual en lugar de ser un “adorno” de la colonia, venía a ser una especie de contenedor de basura que la “afeaba”.

En el cuento del gigante egoísta, los niños le daban alegría al jardín lo cual lo convertía en un lugar de la eterna primavera, pero cuando el ogro “bardeó” y lo impuso como propiedad privada perdió lo ganado convirtiéndose en un lugar frío y triste. En el caso de la placita que menciono sucede todo lo contrario, la belleza primaveral y la alegría regresó al momento de ser custodiada por los vecinos del lugar. Ciertamente los barrotes son un precio que se tuvo que pagar para lograr darle vida a la placita y ello hace aparecer - con cierta ligereza- que hay una gran dosis de egoísmo pero creo que se cambió la historia para mejorarla.

Por cierto, “El gigante egoísta” de Oscar Wilde, vivió su momento de conversión cuando descubrió que su preciada posesión perdió toda belleza y alegría al excluir a los niños, al querer acapararlo para él solo, ó utilizando la metáfora de las estaciones vio como pasaba de una primavera pletórica de vida y color a un invierno permanente de tristeza y abandono. Para ello, el gigante tuvo un encuentro con un niñito que lloraba por no poder subir a un árbol y después de acercarse al resto de los pequeños, estos huyeron despavoridos al verlo, pero el sintió ternura por el niñito y lo ayudó a subir al árbol el cual entonces floreció y los pajarillos se posaron sobre el entonando sus cantos, el niño en agradecimiento lo rodeo del cuello con un tierno abrazo que lo conmueve y le ayuda a entender la necesidad de un cambio de actitud, de derrumbar el muro que impedía a su jardín - y a él mismo- encontrar la auténtica felicidad.

En lo personal creo que está más que validada la máxima de que “valoramos mejor aquello que nos cuesta” y dados los resultados creo, que al menos en este caso, el cambio de uso público a uso vecinal ha sido benéfico. Los vecinos del lugar vieron la oportunidad de también construir belleza y alegría.

Así, a los que pasamos por ahí, nos queda sonreír pensando en que al fin la placita se utiliza para los fines que fue creada y los vecinos del lugar pueden ser aunque sea un poco más felices y eso es una buena noticia para nuestra ciudad.

Efrén Díaz Cubillas
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Hermosillo Sonora.

Martes, 13 Diciembre 2016 18:10 Publicado en Familia

 

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Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo estaba decidido a encontrar los medios para contrarrestarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de las respuestas para sus dudas.
Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar; el científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuera a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo para darle con el objetivo de distraer su atención; de repente, se encontró con una revista, en donde había un mapa del mundo, era justo lo que necesitaba.

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y, junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:

―A ti que tanto te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.
El padre calculó que al pequeño le llevaría diez días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, oyó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

―Papá, papá, ya lo hice todo. ¡Conseguí terminarlo!
Al principio el padre no le creyó a su hijo, pensó que era imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Pero, para su sorpresa, el mapa estaba completo: todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?
Asombrado, el padre preguntó a su hijo:

―Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste?
―Papá, yo no sabía cómo era el mundo ―respondió el niño ―, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre, así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre y verlo completo tal y como es, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.

Al aceptarnos conscientemente como personas completas, creativas y llenas de recursos (y a las demás personas también), descubrirnos que tenemos dones y talentos que ningún otro posee de la misma manera. Descubrimos también que todos tenemos una historia, o muchas, que contar.

No dejes que el pasado dictamine tu destino; toma una pluma y un papel, y visualiza que es lo que deseas para ti. Tú eres el único dueño de tu destino. Sé valiente, honra tu historia, mira las grandes posibilidades que el mundo te ofrece y confía en que tú eres el cambio que quieres ver en el mundo.

CPDT Handy Campillo García es Coactive coach, certificada por la asociación de disciplina positiva para padres de familia y en el aula, es miembro activo de la asociación de disciplina positiva, con sede en San Diego. Candidate lead Trainer by the PDA. Esposa, madre de 3 hijos, maestra y facilitadora del programa de disciplina positiva en Sonora y Arizona. Certified Positive Discipline Trainer. Professional Coactive Coach. Investigadora y amante de las historias.

Viernes, 25 Noviembre 2016 17:14 Publicado en Familia

 

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Los trastornos por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) se definen por la presencia de tres síntomas fundamentales: la disminución de la atención, la impulsividad y la hiperactividad.

Nos damos cuenta de que a medida de que pasa el tiempo se han ido incrementando los porcentajes de personas que padecen este cuadro, a la vez que ha disminuido la edad a la que puede ser diagnosticado. El TDAH es considerado como un cuadro que predominaba ampliamente en los varones respecto a las mujeres, pero esta teoría va cambiando a medida de que pasa el tiempo y actualmente se considera que su prevalencia es muy similar en ambos sexos.

En muchos casos puede diagnosticarse el trastorno en menos de dos minutos, solamente con dejar al niño que se mueva “a sus anchas” por la estancia de la consulta, ya que la secretaria nos anuncia la entrada de un niño con este cuadro por la forma en que se comporta en la sala de espera. Eso ocurre fundamentalmente en los hiperactivos. Cuando existe predominio de déficit de atención, el trastorno vendrá referido por la historia clínica y por el quehacer del psicólogo para detectarlo. Sin embargo, se precisa la existencia de un manual diagnóstico de enfermedades mentales que establece sus criterios diagnósticos, bien definidos.

En muchas ocasiones el TDAH viene acompañado de otros trastornos a los que se les llama comórbidos, y si se juntan varios trastornos a la hora de realizar el diagnóstico es más difícil saber cuáles son los síntomas principales, cuáles son causados por un trastorno o por otro y cuál es el trastorno principal. Por eso es importante un diagnóstico certero.
Cuando se juntan varios trastornos, su evolución se hace más difícil, ya que no solo enfrentamos síntomas propios del TDAH, sino un conjunto de síntomas añadidos que acentúan los problemas propios del TDAH y que además requieren tratamientos diferentes. El abordaje se complica y las mejoras son más difíciles de alcanzar.

Los factores que aumentan la comorbilidad en el TDAH son: bajo coeficiente intelectual, bajo nivel educativo y cultural, trastorno específico del aprendizaje, TDAH combinado grave y de larga evolución, antecedentes familiares con TDAH, trastorno bipolar y depresión.

Los trastornos comórbidos más importantes en el TDAH son: trastorno negativista desafiante, trastorno de conducta, trastorno depresivo, trastorno de ansiedad, problemas de aprendizaje, trastorno por tics; trastorno del espectro autista, trastorno por uso de sustancias y trastorno bipolar.
Por eso es de suma importancia que antes de que consultes al psicólogo que diagnosticará a tu hijo mediante un estudio psicológico, verifiques sus conocimientos a través de la recomendación de la escuela a la que asiste el menor o del médico de tu preferencia.

Además, ahora sabrás que el tratamiento psicológico es a largo plazo (mínimo un año de tratamiento continuo) y que es indispensable la participación de los padres y la familia en general, así como de la participación de la escuela a través de la maestra en cambios curriculares, no sin olvidar el apoyo médico.

Psic. Diana Spíndola Yáñez
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