Viernes, 06 Octubre 2017 19:56 Publicado en Familia

 

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Dice un refrán español: “mientras fui una nuera nunca tuve una buena suegra y mientras fui suegra nunca tuve una buena nuera”. Lo cierto es que esta es una relación de las más tormentosas que existen. Se dice que una de cada cinco nueras no lleva una buena relación con su suegra; incluso existen chistes con respecto a esta relación, los cuales pueden volverse groseros e irrespetuosos.

Creo que es importante tener en mente que una boda implica ingresar a una nueva familia. Si bien los novios son quienes contraen matrimonio, la familia viene incluida en el paquete y especialmente la suegra viene envuelta en celofán. Por naturaleza, la relación suegra-nuera es más conflictiva que la de suegra-yerno, así que nos avocaremos más a la relación entre mujeres.

Nuevas relaciones
En esta relación los miedos casi siempre ganan. La suegra no quiere ser suplantada por otra mujer que ahora tiene la atención, el interés y el amor de su hijo. Es entonces que la rivalidad y los celos afloran: su afán por ayudar, pero no saber cómo hacerlo, la lleva a reclamar, ordenar, querer dictar normas y meterse en todo sin que nadie se lo pida. Por lo cual la esposa se pone a la defensiva, dispuesta a atacar a la menor provocación y a entablar una lucha que puede durar toda la vida. Esta situación también puede ser a la inversa y dependerá de cómo se enfrenten los conflictos para que los resultados puedan llegar a ser positivos.

En lugar de crear problemas, esta relación debe fortalecer el vínculo de la pareja; debe brindarles confianza, alegría y seguridad. Hoy las abuelas juegan un papel importantísimo en la vida de los nietos. Muchas veces son ellas las que los cuidan antes de ir a la guardería, los recogen de las escuelas, les dan de comer y los cuidan cuando están enfermos para que la pareja pueda darse un respiro, ir al cine o tener una salidita.

Relación en equilibrio
En esta relación debe prevalecer la prudencia, la discreción y el respeto por ambas partes. La comunicación es muy importante para no sentirse distantes. Busquen puntos en común, inclúyanse en las tradiciones familiares, expresen gratitud cuando reciban un regalo, pongan límites sin ofender ni lastimar. Cada una es como es: con diferentes creencias y formas de hacer las cosas; no traten de cambiarse mutuamente, asuman que cada una hace lo mejor que puede. Aprovechen lo mejor que cada una tiene: experiencia y juventud.

No olviden que ambas aman a la misma persona y buscan su felicidad. Por eso mismo, no lo pongan entre la espada y la pared, ya que las relaciones de amor duraderas se construyen con trabajo, paciencia, esfuerzo y gratitud. Amor no es demostrar quién gana, quién merece más, ni quién tiene más poder, sino acoger al ser más imperfecto y demostrarle que aún así lo aceptamos, lo respetamos y queremos.

Coach Nidia Santellanes Madrigal
Conferencista, terapeuta y coach de vida
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Jueves, 28 Septiembre 2017 20:38 Publicado en Familia

 

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La inserción laboral de la mujer constituyó la necesidad de un cambio de roles en los núcleos familiares, todavía hoy vemos casos de mujeres a las que se les exige seguir manteniendo el rol de ama de casa y además mantener su trabajo, y observamos atónitos cómo se le llega a reclamar por faltar a alguno de ellos.

Sin embargo, esta situación está cambiando, sobre todo en las nuevas generaciones. La mayoría de las parejas actuales son conscientes de que esta nueva realidad social que les ha tocado vivir conlleva hacer mancuerna en las labores domésticas, y que cuando se unen para la convivencia, es recomendable la distribución de las tareas para tener mayor armonía, estabilidad y mejor convivencia.

Convivir y compartir
En una piñata, una señora me comentó: “qué bueno que ayuda usted a su esposa con la niña”; creo que la señora quedó muy sorprendida con mi respuesta: “yo no la ayudo, la niña también es mi responsabilidad; compartimos la tarea de su educación”. Considero que no hay que “ayudar” en casa, desde el momento que decidimos convivir con alguien, hay una serie de actividades que tendremos que hacer; sin embargo, estas son propias de la convivencia y hemos de aceptarlas como tal. El gran inconveniente comienza en la distribución de hacer esas tareas y en las distintas formas que cada uno tiene para hacerlas.

Repartir tareas
En un primer momento, la idea inicial es de igualdad, el famoso “todo parejo”. Se pretende que ambos hagan y aporten el 50%; sin embargo, eso es algo muy complejo y difícil de conseguir, ya que no siempre se pueden dividir las actividades. En este punto, la recomendación es sencilla: de la lista de actividades que hay que realizar, decidan entre ustedes cuáles son las que va a desempeñar cada uno; empiecen por elegir las actividades que más les agradan, después aquellas actividades que no les gustan pero que no les molesta realizar, y finalmente, si les quedan actividades, seleccionen aquellas que les desagradan a ambos, en estos casos pueden echarlas a la suerte o hacer turnos. Recuerden: no se busca que ambas partes tengan la misma cantidad de tareas, sino que las realicen para mejorar la convivencia.

Realizar las actividades
Luego tenemos un punto que es más complicado de resolver: ¿cómo se hacen las tareas? Iniciemos aclarando algo muy importante: venimos de familias distintas, y por consiguiente es muy probable que hayamos aprendido a hacer las cosas de forma distinta, en ese sentido no hay un criterio preestablecido para indicar si están bien o mal: “es que en mi casa se lavan los platos después de cada comida”, “pues en la mía los lavamos todos los del día después de cenar”, pues creo que la conclusión es que hay que lavarlos.

En este punto tenemos que ser flexibles y volver a un sistema práctico. Claramente, hay cosas que no hacemos igual y no nos llevan el mismo tiempo. Comencemos con aquellas que no nos molestan; por ejemplo: si mi pareja dobla las toallas de forma distinta a como yo lo hago, pero no me molesta y al otro tampoco, simplemente cada uno las seguiremos doblando a su manera. Incluso puede haber momentos que consideremos que la alternativa del otro es mejor que la nuestra y adoptemos esa forma de hacer las cosas. Llegaremos a un punto donde habrá algunas actividades en las que no estaremos de acuerdo, la solución será la comunicación.

 

Dr. Raúl Martínez Mir es psicólogo y catedrático de la Universidad de Sonora. Recibe comentarios al correo: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Jueves, 28 Septiembre 2017 17:41 Publicado en Familia

 

familia28septiembre

El filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) sostenía sin titubeos que el destino del varón y la mujer es el matrimonio. Le tenía tanta fe, que aseguraba que “una persona no casada es un hombre a medias”. Fichte veía en esta unión el punto de intersección donde brota de la manera más perfecta tanto la capacidad de amar de la mujer como la magnanimidad del varón. Según el filósofo, el amor y la magnanimidad son las condiciones que hacen posible la moral. Por lo tanto, la relación matrimonial establece las condiciones para que los seres humanos poseamos un conjunto de principios morales que dicten nuestras acciones.

El amor según el género
Lo que distingue a la mujer del varón es su abrumadora capacidad para amar. No resulta extraño, entonces, que sea la mujer quien reviste la entrega amorosa del matrimonio, a saber, la totalidad personal y la incondicionalidad temporal. Según Fichte, estas características implican la completa entrega de facultades, fuerzas y deseos para la eternidad. El mayor tributo de este gesto es la entrega de la personalidad (lo que creemos ser) y todo lo que tenemos; es una donación ilimitada. La determinación matrimonial dependiente del amor femenino es un regalo asimétrico, que no se rige por la virtud de la justicia: no se da para recibir.

Por extraño que parezca, uno esperaría que Fichte etiquetara el matrimonio como un deber incondicionado, puesto que es lo que nos hace verdaderamente humanos; sin embargo, sostiene que el matrimonio no puede ser solo una obligación sin condiciones, ya que no es exclusivamente dependiente de la libertad personal sino de la unión entre libertad y amor. El amor es el detonante de la entrega libre e incondicionada del varón y la mujer, y es lo que permite que ambas partes sean fieles entre sí.

Matrimonio y plenitud
Fichte identifica al varón y a la mujer con la etiqueta de “hombre”. Para que el hombre pueda ser pleno, tiene que desplegar tanto su aspecto físico como su aspecto moral. Los aspectos más nobles de los seres humanos solo pueden desplegarse a carta cabal en el matrimonio, “el amor entregado de la mujer; la magnanimidad oferente del varón, que lo sacrifica todo por la propia compañera; la necesidad de ser una persona digna, no por sí misma, sino por el amor del cónyuge; la verdadera amistad (pues la amistad solo es posible en el matrimonio, en el cual es además un fenómeno necesario), sensibilidad paterna y materna, entre otros”.

La filosofía moral de Fichte expone que el egoísmo es un sentimiento que no puede ser erradicado del ser humano, pues es un defecto de fábrica. El medicamento para el egoísmo es el matrimonio, pues este lo dulcifica. En palabras del filósofo, “la tendencia originaria del hombre es ser egoísta; en el matrimonio, la naturaleza misma lo guía a olvidarse en el otro; y partiendo de la naturaleza, el lazo matrimonial de ambos sexos es la única vía de ennoblecer al hombre”.

Diego Espinoza Bustamante

Licenciado en filosofía por la Universidad Panamericana. Actualmente trabaja como adjunto de rectoría de la Universidad Panamericana.

 
 

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